Categoría: Odio catalogar...
Me he mudado muchas veces (podéis dilucidarlo por el título). A veces en la misma provincia, a veces al otro lado de Andalucía.
Los del norte (todo lo que sea Despeñaperros para arriba) pensarán que mientras sea dentro de Andalucía, el cambio no es notable.
¡Ay! Almas de cántaro... el sur es extenso y variado, mucho más de lo que pueda parecer.
Y lo digo porque hay ciudades que me he cansado al año y otras que con un mes ya tengo de sobra para despotricar el resto de mi vida. De algunas esperaba algo interesante y me llevé el chasco. Y sólo un par, nada más pisarlas, supe que me gustaría y recordaría el tiempo que pasara en ellas.
Ahora me mudo a un sitio que, cualquier andaluz de bien, detesta sin haberlo pisado. Es uno de esos sitios que, sin poder evitarlo, al oír que lo nombran, inmediatamente un rictus desagradable cruza tu cara (en serio, comprobadlo si conocéis a un andaluz).
Sí, amigos, el tópico de los tópicos. La ciudad que, cada vez que sale en televisión, es para dejar claro que a los andaluces nos gusta la feria, la semana santa y Los del Río. Ese sitio dónde tantas personas lloran desconsoladas cuando, el maniquí vestido de oro al que rinden pleitesía, no puede salir a pasearse porque llueve.
Me da hasta vergüenza decirlo, pero sí, me voy a Sevilla.
Y aunque no paro de insultar a los sevillanos por principios, de decirles a la cara que dan asco, de meterme con su feria y sus cultos... lo cierto es, que la jodía me está gustando.
Hay edificios preciosos mires a dónde mires, sitios cargados de historia, ciclos de cine, eventos curiosos y, lo más importante, un alto nivel de frikismo.
Tiendas, rol en vivo, salones, campeonatos... y frikis, muchos frikis con los que quedar para jugar, ver pelis de culto, hacer chistes que sólo Sheldon Cooper cogería al vuelo...
Al final va a resultar que la puñetera Sevilla es el lugar de mis sueños (¡arg!).
Pero no pongo la mano en el fuego aun. Veamos si sobrevivo a la semana santa, la feria y al tópico andante sevillano.
¿Que no?
Pues nada, cómo ya dijimos por los "membrillos"... un rifle francotirador, un lugar privilegiado en lo alto de la Giralda y un montón de nazarenos con los que practicar puntería.
^_^
Me encanta
que la gente de su opinión de mi vida personal sin que nadie les haya preguntado. Y, aún mejor, que me digan lo de debo hacer.

Para-aguas.
Siempre me ha gustado la lluvia. Y me refiero a estar bajo ella, a mojarme, a sentir el frío…
Los últimos diez años he estado viviendo en una zona dónde llaman "diluvio" a cuatro gotas escasas y que, con suerte, ves diluviar un par de veces al año (y mucho estoy diciendo).
Recuerdo un monólogo de un cómico local:
¿Alguien aquí sabe dónde se compran los paraguas en esta ciudad?
Y no, ninguno lo sabíamos.
Ahora vuelvo a vivir en una ciudad lluviosa. Me encanta.
He estado enferma estos días. Lo suficiente para no poder salir de la cama y mucho menos ahí fuera, con el frío y el agua.
Hoy por fin he salido para ir a clase y he tenido que comprarme un paraguas (y antes preguntar dónde se hace). Por mucho que me guste el agua, no puedo arriesgarme a empeorar.
El caso es, que los paraguas no son tan horribles como yo recordaba. Se me antojaban, desde siempre, como un objeto tipo correa/cinturón de coche.
Las correas son objetos que te sujetan, que te impiden hacer lo que quieres. Evocan precaución y aburrimiento (que conste que no digo que no haya que atarse en un coche, soy la primera en hacerlo).
Los paraguas siempre han sido un símbolo de privación de la libertad. Al menos para mí, sé que algunos lo ven como protección…
Pero como decía, hoy le he encontrado el punto a ese chisme. No me quedaba otra que usarlo por mi estado de salud. Así que después de comprarlo en el bazar más cercano, lo he abierto yo sola (aclaro esto porque no he sabido cerrarlo sola), lo he colocado sobre mi cabeza y he salido al mundo bajo él.
Hace poco volví a ver El club de los Poetas Muertos. Me ha recordado a la escena en la que Keating les hace subirse a la mesa para tener un punto de vista diferente.
La noche cerrada, las luces reflejadas en los charcos del suelo, el resto del mundo disolviéndose y tú bajo tu paraguas, en tu pequeño espacio, aislada del mundo, observando… en vez de formar parte del paisaje.
Ha sido igual que estar detrás de una cámara.
Para cuando mi salud no me lo permita, el paraguas no será una mala opción. Eso sí, otro día que lo use hago fotos.
Pero prefiero mojarme la cara y saltar en los charcos. Llegar a casa, quitarme la ropa mojada y calentarme ante una estufa (o chimenea cuando tenía) y meterme desnuda entre las mantas, buscando calor.

Ains, a ver si mejoro antes de que acabe el mal tiempo, odio el "bueno".
Búsquedas
Tengo entendido que un post así es un clásico, yo es la primera vez que lo hago (creo). Pero es que tengo guardadas unas cuantas que me llamaron bastante la antención.
La gente encuentra mi blog buscando en Google cosas como:
- Aladdin y Jasmine follando
Sin comentarios.
- Como decirle al chico que me gusta que deje el wow
LOL
- Como ligar con una chica en el wow
Asume ya que, probablemente, NO es una chica…
- Sexo en el wow
Compraos una muñeca hinchable y le ponéis la cara de Sylvanas -.-U
- Prostitutas.
Ehmm…
- Cómo empezar a prostituirse
O_O
- Quiero prostituirme.
Pero…
- Me prostituyo
Vaaaale, escribí un post que se titulaba así. ¡Pero no iba en serio!
- Follar en la bañera
¿Alguien me encuentra buscando algo que no esté relacionado con el sexo? ¿Y qué información concreta necesitaba este o esta? ¿Hay formas predefinidas en Internet para hacerlo según la forma de la bañera o la temperatura del agua?
- Como declararte a tu chica por Internet
Uhm, mira, un romántico… Pero si ya es tu chica ¿qué tienes que declarar?
- Racistas de mierda
Escribí un post en el que dejaba a mi familia en muy buen lugar… para variar.
¿Paso la mopa o barro?
¿Cómo se cose un botón? ¿Uso la batidora para hacer un batido? ¿Cuál es la mejor forma de preparar un centro de flores? ¿Cómo funciona un microondas?
Esas grandes dudas de las mujeres ya nos son resueltas en un curso práctico. Un curso que las madres deben enseñar a sus hijas. No vaya a ser que vayamos por la vida sin saber cocinar, limpiar o buscar una palabra en el diccionario.
Atención al temario que encontré en éste blog, ya que la página web oficial está en revisión.
Lo peor es que, por lo visto, recibían dinero de la Junta de Andalucía.
Manda webs.
(Este post llega un poco tarde, pero es que se me había olvidado. Yo me enteré de casualidad de la existencia de la web.)
Asco
Iba de la mano con mi hermana. La jodía ha dado otro estirón y es igual de alta que yo.
Habíamos tomado ya el camino de vuelta a casa, después de un helado y unas chuches en el parque. Y subiendo la cuestecita unos críos (17-18 años) en bici se nos ponen detrás parloteando y riéndose.
Mi hermana me estaba contando alguna anécdota del campamento dónde ha estado y mientras me esforzaba en escucharla, oía a los niñatos alguna palabra suelta.
Marimacho.
Me gusta.
Fiesta.
La de azul.
Mosqueada, empiezo a darme cuenta de que hablan de nosotras. Así que les escucho para enterarme mientras mi hermana sigue hablando sin cesar, algo nerviosa. Pensaban que éramos lesbianas por ir de la mano y que nos lo montábamos “cómo guarras”.
Pues yo me follaba a la otra.
Pero si son lesbianas, no te las podrás tirar.
A mí me gustan los chochitos lacios.
Anda, vámonos
No, las seguimos… detrás de ellas…
Cuando me he dado cuenta de que estaban hablando de tirarse a mi hermana, por un segundo, me he sentido… conmocionada.
A la del pelo largo le daba yo por detrás…
Mi hermana es la del pelo largo. Rápidamente hemos pasado de la conmoción a la rabia. Pura y dura, cómo hace años que no sentía. Mi sangre ha empezado a hervir, la garganta me quemaba y se ha adueñado de mí la misma sensación de descontrol que no sentía desde aquella vez que rompí una puerta para llegar hasta la persona que se escondía detrás (una larga historia de la que me avergüenzo).
Me he girado y les he dicho que estaban hablando de follarse a una niña de doce años.
Uno de ellos, obviamente avergonzado, ha salido huyendo. Los otros dos se han quedado mirándome, mientras yo vomitaba frases que no logro recordar.
Las palabras que salían de mi boca me parecían casi tangibles. Creo que se suele utilizar el vocablo “puñales”. Una sensación rara cuando haces daño deliberadamente.
A uno le he hecho llorar y el último se me ha encarado. Parecía no estar muy seguro de qué decirme, pero tenía ganas de cerrarme la boca, eso seguro.
Hasta que ha visto que el llorón se piraba también y se quedaba solo. Entonces se ha callado y ha ido tras sus amigos.
A punto he estado de hacer una gran tontería. Pero he recordado a tiempo que mi hermana estaba allí. La que, por cierto, me miraba como cuando le preparo tortitas con chocolate. Una mezcla entre expectación, admiración y agradecimiento.
No sé si es bueno o malo. En fin, no es mal ejemplo (creo) el pararle los pies a esos chicos. Cansada estoy de pasar de largo ante insinuaciones soeces e insultos. Cosa con la que tendrá que vivir toda su vida por ser mujer. Normalmente no merece la pena prestar atención, pero algunos días ya te tocan la moral.
Me gustaría decir que no es tan fácil encontrarte con gilipollas así. Lamentablemente, mentiría. Que yo no soy nada del otro mundo y me encuentro con cosas así demasiado a menudo.
El problema es, que no recuerdo qué demonios he dicho, ni cómo lo he dicho. Lo mismo les he amenazado con amargarles el resto de su vida (no creo) que me he dedicado a describirles lo patéticos que son o me he limitado a llamarles de todo.
Optaría por lo segundo viendo los llantos del chico. Además, si quiero hacer daño no le llamo “gilipollas/hijo de puta/cabrón” a alguien. Esos epítetos no tienen ningún significado a estas alturas.
Luego les hemos seguido. Viendo que se dirigían a nuestra calle.
- Qué vas a hacerles?
- Nada
- Ya, y por qué les seguimos entonces
- …
- Venga, Nev, qué vas a hacerles?
No sé por qué quería saber dónde viven (al menos uno de ellos, los otros serían amigos). Una vez que hemos visto que era una casa cercana, he entrado en casa y le he preguntado a mi madre si conocemos al vecino.
Mientras le contaba lo que había pasado, me pedía que me tranquilizara, que parecía que iba a destrozar algo. Hasta que le he recordado que a mí nunca me sale la rabia por ningún lado que no pasa anda porque me salga ahora mientras despotrico sobre unos niñatos.
No sólo me ha dado la razón, me ha animado a seguir.
Mientras decidía cómo decirle al vecino la mierda de hijo que tiene, me he acordado de que los chicos parecían bastante sorprendidos por la edad de mi hermana. No sabían que se lo estaban diciendo a una menor. Me ha aplacado un tanto.
Luego he pensado que de ir sola mi hermana, habría tenido que soportar a esos niñatos diciéndole burradas y siguiéndola.
Han pasado casi cuatro horas y aun no me he calmado. Y eso que me estado entreteniendo en otras cosas (o intentándolo).
La parte positiva de esto es que mi madre, que me había retirado la palabra por “dejarme maltratar” hace poco, ahora me mira con respeto.
Dudoso honor.
Sin embargo, creo que, mi vieja idea de no darle a mi hermana un ejemplo violento (por variar un poco) se ha ido al retrete.
Mamá Victoria, el abuelo y la gata blanca.
Dice mi abuela que soy la viva imagen de Mamá Victoria, mi bisabuela, la que no conocí. Que, cada vez que tomo una decisión, le recuerdo a ella casi tanto como a su marido, mi abuelo (no del que he hablado aquí en otras ocasiones).
Mi abuela odiaba a Mamá Victoria, así que no estoy muy segura de cómo tomármelo. Por ahora me río.
Mamá Vicky tenía nueve hijos, todos varones. Los mayores trabajaban en la mina junto con el padre. Marchaban muy temprano a trabajar y volvían tarde, completamente negros por el carbón, hambrientos y siempre con alguna prenda suplicando un remiendo.
Mi bisa, después de pasar el día cuidando de los pequeños y no tan pequeños, les tenía siempre preparada la cena a los mineros. Cuando acababan, caían muertos en sus catres y ella, que llevaba desde el alba trabajando en la casa, terminaba de limpiar, preparaba las talegas para el día siguiente y zurcía calcetines usando pedazos de otros aun más viejos.
Cuando terminaba el trabajo, llegaba el momento de su premio. Cogía una silla y la subía encima de la mesa de la cocina que estaba justo debajo del único candil que se usaba en la casa. Y allí sentada, pegada a la leve luz, devoraba los libros que la gente del barrio le regalaba.
Así cada noche, hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi abuela lo cuenta como si fuera una muestra de gran fortaleza (eso nunca se lo negará) pero, sin quitarle mérito a Mamá Victoria, me parece que ese era el mejor momento del día para ella, así que no debía costarle mucho.
Los vecinos le regalaban novelas y cualquier escrito que llegara a sus manos en agradecimiento a sus consejos. Se enteraba de todo lo que ocurría porque siempre estaban dispuestos a contárselo. Era la matriarca del barrio.
Un día estaba Mamá Victoria sentada en la puerta de la casa, leyendo uno de sus libros en voz alta para un grupo de vecinos (por lo visto era el entretenimiento semanal puesto que pocos sabían leer). Su delantal estaba sucio después de preparar las comidas. Pasó una vecina que solía mirarla por encima del hombro. La mujer venía de una buena familia, pero al enviudar se quedó tan pobre como el resto y con una hija que decían que era “de vida alegre” (por no decir “puta”. Uy, lo dije). Claro que, a saber lo que entendían en aquella época por “vida alegre”.
- Mamá Vicky, está usted sucia ¿no ha visto la mancha en el delantal?- dijo delante de todos y con cierta sorna, demasiada para el gusto de Victoria.
- Mejor tener una mancha en el delantal que no en la familia - respondió rápidamente antes de volver la cabeza al libro y continuar la lectura.
Mi abuelo, el noveno de sus hijos, me contaba la historia de cuando él nació. Mamá Vicky se alegró cuando la comadrona le dijo que había nacido muerto y lamentó cuando oyó al bebé llorar de pronto. Una boca más que alimentar.
Por lo visto mi bisa no se privaba de decirle al más pequeño de sus hijos lo poco que le alegraba haberlo tenido.
Cuando mi abuelo estaba aprendiendo a andar, una gata blanca se coló en casa de los [apellido de Never] y sin mediar maullido, ignorando al resto, se restregó contra las piernecitas de mi abuelo. La gata sin nombre ya no quiso despegarse de él hasta que murió.
A Mamá Victoria, eso de alimentar a una gata callejera no le hacía ninguna gracia e intentaba convencer a su hijo para deshacerse de ella.
Pero mi abuelo se negaba a dejarla desamparada. Decía que ella no había pedido venir al mundo y que no se le podía culpar por ello. Imagino que ese izquierdazo de mi abuelo hacía que Victoria no se tomara tan en serio lo de perder a la gata.
Mi abuelo jamás decía palabrotas ni maldecía. Lo más que le oí alguna vez fue decirle “imbécil” a uno. Lo recuerdo perfectamente porque era la primera vez que le oía algo así y porque, el imbécil en cuestión, era mi tío y no sabía que mi abuelo y yo estábamos de acuerdo en eso.
Pese a todo, su sentido del humor rozaba el mal gusto, según alguna que yo me sé. En realidad es que el muchacho no era políticamente correcto cuando se trataba de reírse de la vida, la muerte o el que tuviera delante si le había tocado las narices. Aunque no abusaba de insultos o ataques. Le parecía indigno.
Era muy soberbio. En cuanto oía una palabra que no conocía el significado, la miraba en el diccionario. Odiaba que alguien pudiera ser más culto o inteligente. Antes que preguntar qué significaba tan cosa o cómo se hacía, cortaba la conversación de raíz y esperaba para enterarse por su cuenta y poder dar las lecciones él más tarde.
Cada marzo le regalaba la manualidad del día del padre que habíamos hecho en el colegio. Jamás me dijo que estuvieran bien o mal. Con su habitual mirada severa, colocaba el dibujo con macarrones colgado en el salón, para que todos lo vieran.
Se burlaba de mi abuela por ver telenovelas cursis y alegaba que para ver eso, mejor se iba a la habitación a echarse una siesta. Le pillé más de una vez viendo la misma telenovela cursi en la tele de su habitación, con el volumen muy bajito para que no nos enteráramos de que la veía a escondidas.
Mi abuelo no era famoso por hacer regalos, precisamente. En 40 años de matrimonio, sólo le regaló a mi abuela una vez un ramo de flores. El día que a mí me regaló un peluche de una gata blanca, el único que tengo, mi abuela no cabía en sí de asombro.
Yo no conocí a la gata callejera original. Murió mucho antes de que yo naciera. Pero conocí a una imaginaria que mi abuelo me presentó. Jugábamos con ella cada tarde. A veces era una revoltosa y otras (cuando mi abuelo estaba cansado) se limitaba a dormir al lado de su sillón mientras yo la acariciaba.
Tengo la imagen de aquel animal grabada en mi memoria, como si fuera real. Y el peluche aun en mi estantería. Sonrío cada vez que me acuerdo.
Aunque odie a los gatos blancos y siempre haya querido un perro negro (^^U).
Él era más de gestos, no de cosas materiales. De actuar y no de hablar. De ayudarte con cara adusta, en vez de agasajarte y dejarte en la estacada. Era de los que no te daban dos besos al entrar y salir de tu casa, pero se pasaba la noche en vela para asegurarse de que las pesadillas te dejaban dormir. De dejarte elegir tu camino, que cometas errores, que aprendas… Sin discursos preconcebidos sobre el bien y el mal.
Murió fingiendo que no sabía que tenía cáncer, para dejarlos a todos tranquilos. Pero la gata y yo sabíamos la verdad.
No estoy segura de que me alegre que me comparen con Mamá Victoria, pero sonrío cuando encuentran parecidos entre mi abuelo y yo.
MIS gafas
Al fin. Después de tantos años deseándolas. Siempre me han gustado, pero veía demasiado bien.
Por “suerte”, ahora no veo tres en un burro de lejos, así que me han puesto gafas.
Soy feliz. Nunca entendí a los que se burlaban de los demás por llevar gafas o los que tenían (¡podían!) llevarlas y preferían no hacerlo.
Son preciosas.
Pero tienen una pega. No había contado yo con la visión periférica. O la carencia de ella.
Las patillas hacen que no vea prácticamente nada por los lados. Que parece que no es importante… pero ayer me di contra un contenedor, una farola y casi contra una lámpara.
Diantres, es que me giraba y de pronto estaban ahí. Sin previo aviso. ¬¬
Pero qué bonitas son mis gafas moradas.
:D
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