La Coctelera

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Mamá Victoria, el abuelo y la gata blanca.

Dice mi abuela que soy la viva imagen de Mamá Victoria, mi bisabuela, la que no conocí. Que, cada vez que tomo una decisión, le recuerdo a ella casi tanto como a su marido, mi abuelo (no del que he hablado aquí en otras ocasiones).
Mi abuela odiaba a Mamá Victoria, así que no estoy muy segura de cómo tomármelo. Por ahora me río.

Mamá Vicky tenía nueve hijos, todos varones. Los mayores trabajaban en la mina junto con el padre. Marchaban muy temprano a trabajar y volvían tarde, completamente negros por el carbón, hambrientos y siempre con alguna prenda suplicando un remiendo.
Mi bisa, después de pasar el día cuidando de los pequeños y no tan pequeños, les tenía siempre preparada la cena a los mineros. Cuando acababan, caían muertos en sus catres y ella, que llevaba desde el alba trabajando en la casa, terminaba de limpiar, preparaba las talegas para el día siguiente y zurcía calcetines usando pedazos de otros aun más viejos.

Cuando terminaba el trabajo, llegaba el momento de su premio. Cogía una silla y la subía encima de la mesa de la cocina que estaba justo debajo del único candil que se usaba en la casa. Y allí sentada, pegada a la leve luz, devoraba los libros que la gente del barrio le regalaba.
Así cada noche, hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi abuela lo cuenta como si fuera una muestra de gran fortaleza (eso nunca se lo negará) pero, sin quitarle mérito a Mamá Victoria, me parece que ese era el mejor momento del día para ella, así que no debía costarle mucho.

Los vecinos le regalaban novelas y cualquier escrito que llegara a sus manos en agradecimiento a sus consejos. Se enteraba de todo lo que ocurría porque siempre estaban dispuestos a contárselo. Era la matriarca del barrio.

Un día estaba Mamá Victoria sentada en la puerta de la casa, leyendo uno de sus libros en voz alta para un grupo de vecinos (por lo visto era el entretenimiento semanal puesto que pocos sabían leer). Su delantal estaba sucio después de preparar las comidas. Pasó una vecina que solía mirarla por encima del hombro. La mujer venía de una buena familia, pero al enviudar se quedó tan pobre como el resto y con una hija que decían que era “de vida alegre” (por no decir “puta”. Uy, lo dije). Claro que, a saber lo que entendían en aquella época por “vida alegre”.

- Mamá Vicky, está usted sucia ¿no ha visto la mancha en el delantal?- dijo delante de todos y con cierta sorna, demasiada para el gusto de Victoria.

- Mejor tener una mancha en el delantal que no en la familia - respondió rápidamente antes de volver la cabeza al libro y continuar la lectura.

Mi abuelo, el noveno de sus hijos, me contaba la historia de cuando él nació. Mamá Vicky se alegró cuando la comadrona le dijo que había nacido muerto y lamentó cuando oyó al bebé llorar de pronto. Una boca más que alimentar.
Por lo visto mi bisa no se privaba de decirle al más pequeño de sus hijos lo poco que le alegraba haberlo tenido.
Cuando mi abuelo estaba aprendiendo a andar, una gata blanca se coló en casa de los [apellido de Never] y sin mediar maullido, ignorando al resto, se restregó contra las piernecitas de mi abuelo. La gata sin nombre ya no quiso despegarse de él hasta que murió.
A Mamá Victoria, eso de alimentar a una gata callejera no le hacía ninguna gracia e intentaba convencer a su hijo para deshacerse de ella.
Pero mi abuelo se negaba a dejarla desamparada. Decía que ella no había pedido venir al mundo y que no se le podía culpar por ello. Imagino que ese izquierdazo de mi abuelo hacía que Victoria no se tomara tan en serio lo de perder a la gata.

Mi abuelo jamás decía palabrotas ni maldecía. Lo más que le oí alguna vez fue decirle “imbécil” a uno. Lo recuerdo perfectamente porque era la primera vez que le oía algo así y porque, el imbécil en cuestión, era mi tío y no sabía que mi abuelo y yo estábamos de acuerdo en eso.
Pese a todo, su sentido del humor rozaba el mal gusto, según alguna que yo me sé. En realidad es que el muchacho no era políticamente correcto cuando se trataba de reírse de la vida, la muerte o el que tuviera delante si le había tocado las narices. Aunque no abusaba de insultos o ataques. Le parecía indigno.

Era muy soberbio. En cuanto oía una palabra que no conocía el significado, la miraba en el diccionario. Odiaba que alguien pudiera ser más culto o inteligente. Antes que preguntar qué significaba tan cosa o cómo se hacía, cortaba la conversación de raíz y esperaba para enterarse por su cuenta y poder dar las lecciones él más tarde.

Cada marzo le regalaba la manualidad del día del padre que habíamos hecho en el colegio. Jamás me dijo que estuvieran bien o mal. Con su habitual mirada severa, colocaba el dibujo con macarrones colgado en el salón, para que todos lo vieran.

Se burlaba de mi abuela por ver telenovelas cursis y alegaba que para ver eso, mejor se iba a la habitación a echarse una siesta. Le pillé más de una vez viendo la misma telenovela cursi en la tele de su habitación, con el volumen muy bajito para que no nos enteráramos de que la veía a escondidas.

Mi abuelo no era famoso por hacer regalos, precisamente. En 40 años de matrimonio, sólo le regaló a mi abuela una vez un ramo de flores. El día que a mí me regaló un peluche de una gata blanca, el único que tengo, mi abuela no cabía en sí de asombro.
Yo no conocí a la gata callejera original. Murió mucho antes de que yo naciera. Pero conocí a una imaginaria que mi abuelo me presentó. Jugábamos con ella cada tarde. A veces era una revoltosa y otras (cuando mi abuelo estaba cansado) se limitaba a dormir al lado de su sillón mientras yo la acariciaba.
Tengo la imagen de aquel animal grabada en mi memoria, como si fuera real. Y el peluche aun en mi estantería. Sonrío cada vez que me acuerdo.
Aunque odie a los gatos blancos y siempre haya querido un perro negro (^^U).

Él era más de gestos, no de cosas materiales. De actuar y no de hablar. De ayudarte con cara adusta, en vez de agasajarte y dejarte en la estacada. Era de los que no te daban dos besos al entrar y salir de tu casa, pero se pasaba la noche en vela para asegurarse de que las pesadillas te dejaban dormir. De dejarte elegir tu camino, que cometas errores, que aprendas… Sin discursos preconcebidos sobre el bien y el mal.

Murió fingiendo que no sabía que tenía cáncer, para dejarlos a todos tranquilos. Pero la gata y yo sabíamos la verdad.

No estoy segura de que me alegre que me comparen con Mamá Victoria, pero sonrío cuando encuentran parecidos entre mi abuelo y yo.

4 comentarios

  1. rekhar

    Me hubiese encantado conocer a tu abuelo

  2. Tengu

    Jejeje... Fortuna la tuya de que te cuenten tantas anécdotas! De una tatarabuela mía... recuerdo que es pariente de un escritor y que en el pueblo decían que tenía manos de curandera: todos los hombres del campo que se abrían las muñecas labrando o segando, se fastifiaban algún hueso, articulación, etc... acudían a ella. Gozaba de gran aprecio entre los pueblerinos por curarles solo con las manos!!!

    Es mas, es la única tatarabuela de la que tengo foto. En dicha foto veo a mi abuela con escasos 14 años y mis tías-abuelas con 3 o 4. Mi bisabuela y mis tíos-bisabuelos con mas de 40 o 50, y entre ellos mi tatarabuela sujetando al bebé de una tía-abuela mía que murió antes de aprender a hablar siquiera.

    Mi bisabuela, en dicha foto, tiene un gesto estricto que reflejaba su caracter. No se si para bien o para mal, pero mi madre heredó no solo el nombre de mi bisabuela, sino también su estricto caracter.

    Sin embargo, en contraposición a mi bisabuela, mi tatarabuela la curandera tiene en dicha foto una expresión solemne y tranquila, y una divertida y leve sonrisa. En realidad, parecía una "santa" que debían decir que era...

  3. Ferran Cañabate

    Ehem.....ha dicho PUTAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

  4. Crispi Killer

    Me encanta esta saga de "Los días de nuestra vida", y sobre todo como lo relatas. Muy bonitos recuerdos.

    ;)

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