La Coctelera

Categoría: ego

"Llevas muerto todo el día"

Hacía mucho que no veía "La princesa prometida". Realmente, es una gran duelo el que tienen Íñigo y Westley. No lo digo por la escena en sí y el comportamiento del español, eso lo recordaba. Lo que no recordaba es que los actores manejaran tan bien la espada. Está bastante conseguido.

*

Hoy he ido con la friki-loca-obsesiva-hiperactiva que no debe tomar azúcar al cine.

La muy puñetera ha decidido comerse un dulce lleno de chocolate justo antes de entrar. Se ha pasado la película hablando y moviéndose. Así que la he dejado tirada en su asiento y he huido a otro bien lejos.

Una de las dos iba a morir si seguíamos juntas.

Pero me he dejado la chaqueta a su lado. El aire acondicionado del cine ha contribuido a acelerar mi proceso de resfriamiento y ahora estoy flotando en un mar de pañuelos de papel.

Qué asquito, con la de trabajo que quería adelantar el finde y me cuesta hasta respirar.

Mi compañera no está estos días, pero me ha dejado notas para que me tome la medicación.

No entenderé una palabra de lo que me dice y su risa me provoca dolor de cabeza, pero qué apañá es.

Bueno, a quién realmente no entiendo es a otra chica, que yo daba por hecho que era extranjera y tenía un extraño, extrañísimo, acento. Pero no, es española, aunque habla muy raro.

Lo paso mal cuando se dirige a mí. Nunca sé qué contestar y el "claro, claro... ajá" no siempre funciona.

Bien me puede estar hablando de su padre moribundo y yo, sonriente, le contesto: "ah... guay.."

Ya me he llevado patadas por debajo de la mesa a escondidas y como advertencia. Por lo visto cada vez me esfuerzo menos en fingir que le entiendo. Ni me había dado cuenta.

La temo cada vez que posa su mirada en mí.

*

En fin, había parado un momento para abastecerme de pañuelos papel higiénico (soy una visión celestial en este instante). Voy a seguir con la mejor parte...

"Hola, me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre, prepárate a morir."

Nuevas

15, oct

Nuevas vistas, nueva rutina, nuevas clases, nuevas personas...

Nueve días en esta ciudad y por ahora, con quién mejor me llevo es una friki-loca obsesionada con conspiraciones milenarias y que no puede tomar azúcar (o se vuelve agresiva) y un chico que no habla. Al menos, nunca le he visto hacerlo. Pero sí que hemos intercambiado miradas cuando a nuestro alrededor se han oído burradas.
Rima.

A los cinco o seis días de estar aquí, ya oí a un grupito que hablaba de lo rara que soy. Si casi no había abierto la boca aun...

Mi compañera de convivencia es simpática, agradable y totalmente diferente a mí. Yo tengo una estantería con videojuegos, libros, cuadernos y "chismes". Ella tiene una estantería llena de maquillaje y cremas.

Nos cuesta un poco hablar, la verdad. Me resulta agotador esforzarme en seguir una conversación sobre ropa o "Física y química", la serie. Y ella cree que sólo me interesa "jugar a matar" y ver películas de carnicerías (¡pero si Sin City es una peli romántica!).

También hay esfuerzos por su parte. El otro día me vio un diseño a lápiz de un robot que iba a modelar en 3D y me preguntó, entre cumplidos, si lo iba a hacer con el Paint. Supongo que por intentar, de nuevo, una conversación que no acabara con cierta incomodidad.
Me costó no reirme. Bueno, vale, no lo conseguí. Pero tampoco me reí mucho.

Aunque no sé cómo, me encontré anoche consolándola por una pelea que tuvo con su novio.
Hasta me pidió un abrazo.

Me sentí un poco Sheldon (The Big Bang Theory), intentando comprender la conducta humana. Lo único que puedo decir del tema es que el novio es imbécil y ella más por dejarle tratarla mal.

[...]

No sé si conté por aquí que me mudaba para estudiar animación 3D. Las clases son geniales. De verdad que no sabía que esto iba a gustarme tanto. Y menos mal que me gusta, porque con el trabajo que tiene, me amargaría si no fuera así.

Tengo que pensar un nombre artístico...

Rabiosa.

2, oct

Esa es la palabra.
Tengo ganas de romper cosas, de patear la pared, de estrellar una silla contra una ventana.
Oh, eso sería maravilloso.

Pero no, me he contentado con darle unos puñetazos a la pared (después de años aun no tengo colgado el saco de boxeo). Lamentablemente, pese a los guantes, me destrozo las manos, así que no puedo abusar. Ya solo me faltaba lesionarme.

Estoy cansada de estar enferma un día sí y otro también. De ir a urgencias una vez a la semana. De que los médicos no sepan decirme qué tengo.

Estoy cansada de intentar entender a algunos.

De que siempre haya obstáculos. En fin, es algo a lo que me acostumbré hace mucho tiempo. Si algo puede ir mal, irá mal. La ley de Murphy y todo eso. Pero de vez en cuando no estaría mal que todo saliera rodado.
Así quizá dejaría de lado eso de no ilusionarme realmente con nada porque luego sale mal. Sonará muy negativo, pero oye, si luego sale bien, esa alegría que me llevo y si no, pues ya estaba preparada.

Y a unos días de tener que terminar un proyecto final y de empezar un curso en otra ciudad y en el que el uso del ordenador es fundamental, va y se me jode el cabrón. Me habría gustado destrozarlo con un martillo.

Estoy cansada de decepciones.

De callarme cuando algo duele.

De la puta distancia.

Estoy tan cabreada que si hablo es para gruñir. Intento no hacerlo. No todo el mundo se merece eso. Pero me cuesta.
Demasiada estupidez en el mundo. A veces quieren ayudar, pero como decía Nicholson en Mejor imposible: “yo me estoy ahogando y tú me estás describiendo el agua”. Eso y que soy lo bastante inteligente para que no se me pueda animar/calmar con gilipolleces.

Solo unas poquitas, poquitas, personas se libran. Las cuento con dos dedos.

El resto, unas veces porque son estúpidos, otras porque me son indiferentes y otras porque no se merecen aguantar mis malas contestaciones, prefiero mantenerme alejada.

Cada día me vuelvo más desconfiada y no me gusta. Me retraigo con mucha facilidad.

Ahora mismo estaba pensando en los satisfactorio que sería cargarme el portátil que estoy usando para escribir (y me han prestado).

No sé si tomarme otra infusión tranquilizante que no me hará nada, despellejarme los nudillos contra la pared o gritarle al primero que me mire. Pero tengo que hacer algo.

Ojalá existiera el Club de la lucha.

pero procura una sensación tan parecida que se necesita a un especialista para verificar la diferencia."

Siempre me ha gustado esa cita de Wilde. Y pensaba que era cierta, hasta cierto punto. Todo es mucho más fácil con dinero.
Estudiar dónde quieres no es un problema, puedes viajar, gastarte 30 euros en un libro sin pestañear, salir a cenar, pagar un buen médico…

Y todo eso contribuye al bienestar de una, aunque ver un billetazo no te provoque el éxtasis (bueno, conozco alguna que según la cantidad puede sufrir un orgasmo).

He pasado por las dos cosas: tener dinero y no tenerlo. Me crié sin mucho dinero, sin caprichos, sin teléfono fijo ni televisión, viviendo en pisos diminutos de alquiler, sin gastarme dinero en chuches y sin pedirle a mi madre que me pagara clases de violín (me gustaba, qué pasa, salí con gustos caros).
Mis juguetes eran los que me regalaban familiares o amigos. Mi madre llegó a tener tres empleos a la vez, por lo que estaba casi siempre sola.
Recuerdo que para hacerme la comida en el hornillo viejo de mi abuelo, tenía que subirme a un taburete. En una ocasión, y debido a mi torpeza (lo admito, dicen que soy patosa con razón), me eché encima un montón de aceite hirviendo y tuve que recurrir a los vecinos (con la vergüenza que me daba) para que me ayudaran. Dolía demasiado despegarse la ropa. Me ayudaron como siempre encantados. La cosa no era tan horrible como parecía. Agua fría, pomada y sólo me quedaron algunas manchas en la piel que desaparecieron al poco tiempo. Era un matrimonio sin hijos que ahora pienso que no podían tenerlos o andaban buscando un bebé, con el instinto maternal disparado.
Me dieron un yogur.
Su casa era completamente diferente a la mía. Todas las comodidades de la época, cuadros con marcos dorados, muebles blancos…

Que conste que no pasaba hambre ni nada de eso. Pero había bastantes limitaciones.

Y luego vino la abundancia. No una abundancia tipo yate, o sea. Pero sí como para salir a cenar cuando quisiera, vivir en una de esas casas que se veían en Médico de familia y pagar una escuela privada.
Bueno, he de decir que pasar de 30m cuadrados para cuatro personas a una casa con dos plantas y una terraza enorme es… desconcertante. Hay muchos ruidos por todas partes. Las primeras noches no podía dormir bien. Era como dormir al aire libre. Que sí, que molaba pero Lara (mi perra) y yo no nos separábamos. Había muchas cosas raras rondando.

Y si bien ahora había mil comodidades, las cosas se estaban poniendo feas en otros sentidos. Cuando tienes dinero, tienes miedo a perderlo y se hacen estupideces para asegurarse de que no sea así.
Y a mí, la verdad, me agobiaban esas estupideces. Al igual que la actitud.
Una persona que estuvo en diversas organizaciones ayudando a inmigrantes, ahora se dedicaba a ponerlos a parir y agarrarse el bolso si pasaba cerca de uno. Cuando había poco dinero, donábamos de cuando en cuando a alguna ONG. Ahora que había de sobra, no se soltaba un duro.

[…]

Y como vino, se fue. No es que tengamos que volver a un piso de 30m (bueno, yo sí). Pero las cosas vuelven a ser complicadas respecto al dinero.
Y esos que eran tan amigos, (qué digo amigos... ¡familia!) ahora desaparecen junto con la pasta.
Y yo me siento mejor. Ahora parece que todo vuelve a estar en su sitio (casi).
Sin ese humo que te nubla los sentidos y te convierte en lo que se supone que odias.


Mamá Victoria, el abuelo y la gata blanca.

Dice mi abuela que soy la viva imagen de Mamá Victoria, mi bisabuela, la que no conocí. Que, cada vez que tomo una decisión, le recuerdo a ella casi tanto como a su marido, mi abuelo (no del que he hablado aquí en otras ocasiones).
Mi abuela odiaba a Mamá Victoria, así que no estoy muy segura de cómo tomármelo. Por ahora me río.

Mamá Vicky tenía nueve hijos, todos varones. Los mayores trabajaban en la mina junto con el padre. Marchaban muy temprano a trabajar y volvían tarde, completamente negros por el carbón, hambrientos y siempre con alguna prenda suplicando un remiendo.
Mi bisa, después de pasar el día cuidando de los pequeños y no tan pequeños, les tenía siempre preparada la cena a los mineros. Cuando acababan, caían muertos en sus catres y ella, que llevaba desde el alba trabajando en la casa, terminaba de limpiar, preparaba las talegas para el día siguiente y zurcía calcetines usando pedazos de otros aun más viejos.

Cuando terminaba el trabajo, llegaba el momento de su premio. Cogía una silla y la subía encima de la mesa de la cocina que estaba justo debajo del único candil que se usaba en la casa. Y allí sentada, pegada a la leve luz, devoraba los libros que la gente del barrio le regalaba.
Así cada noche, hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi abuela lo cuenta como si fuera una muestra de gran fortaleza (eso nunca se lo negará) pero, sin quitarle mérito a Mamá Victoria, me parece que ese era el mejor momento del día para ella, así que no debía costarle mucho.

Los vecinos le regalaban novelas y cualquier escrito que llegara a sus manos en agradecimiento a sus consejos. Se enteraba de todo lo que ocurría porque siempre estaban dispuestos a contárselo. Era la matriarca del barrio.

Un día estaba Mamá Victoria sentada en la puerta de la casa, leyendo uno de sus libros en voz alta para un grupo de vecinos (por lo visto era el entretenimiento semanal puesto que pocos sabían leer). Su delantal estaba sucio después de preparar las comidas. Pasó una vecina que solía mirarla por encima del hombro. La mujer venía de una buena familia, pero al enviudar se quedó tan pobre como el resto y con una hija que decían que era “de vida alegre” (por no decir “puta”. Uy, lo dije). Claro que, a saber lo que entendían en aquella época por “vida alegre”.

- Mamá Vicky, está usted sucia ¿no ha visto la mancha en el delantal?- dijo delante de todos y con cierta sorna, demasiada para el gusto de Victoria.

- Mejor tener una mancha en el delantal que no en la familia - respondió rápidamente antes de volver la cabeza al libro y continuar la lectura.

Mi abuelo, el noveno de sus hijos, me contaba la historia de cuando él nació. Mamá Vicky se alegró cuando la comadrona le dijo que había nacido muerto y lamentó cuando oyó al bebé llorar de pronto. Una boca más que alimentar.
Por lo visto mi bisa no se privaba de decirle al más pequeño de sus hijos lo poco que le alegraba haberlo tenido.
Cuando mi abuelo estaba aprendiendo a andar, una gata blanca se coló en casa de los [apellido de Never] y sin mediar maullido, ignorando al resto, se restregó contra las piernecitas de mi abuelo. La gata sin nombre ya no quiso despegarse de él hasta que murió.
A Mamá Victoria, eso de alimentar a una gata callejera no le hacía ninguna gracia e intentaba convencer a su hijo para deshacerse de ella.
Pero mi abuelo se negaba a dejarla desamparada. Decía que ella no había pedido venir al mundo y que no se le podía culpar por ello. Imagino que ese izquierdazo de mi abuelo hacía que Victoria no se tomara tan en serio lo de perder a la gata.

Mi abuelo jamás decía palabrotas ni maldecía. Lo más que le oí alguna vez fue decirle “imbécil” a uno. Lo recuerdo perfectamente porque era la primera vez que le oía algo así y porque, el imbécil en cuestión, era mi tío y no sabía que mi abuelo y yo estábamos de acuerdo en eso.
Pese a todo, su sentido del humor rozaba el mal gusto, según alguna que yo me sé. En realidad es que el muchacho no era políticamente correcto cuando se trataba de reírse de la vida, la muerte o el que tuviera delante si le había tocado las narices. Aunque no abusaba de insultos o ataques. Le parecía indigno.

Era muy soberbio. En cuanto oía una palabra que no conocía el significado, la miraba en el diccionario. Odiaba que alguien pudiera ser más culto o inteligente. Antes que preguntar qué significaba tan cosa o cómo se hacía, cortaba la conversación de raíz y esperaba para enterarse por su cuenta y poder dar las lecciones él más tarde.

Cada marzo le regalaba la manualidad del día del padre que habíamos hecho en el colegio. Jamás me dijo que estuvieran bien o mal. Con su habitual mirada severa, colocaba el dibujo con macarrones colgado en el salón, para que todos lo vieran.

Se burlaba de mi abuela por ver telenovelas cursis y alegaba que para ver eso, mejor se iba a la habitación a echarse una siesta. Le pillé más de una vez viendo la misma telenovela cursi en la tele de su habitación, con el volumen muy bajito para que no nos enteráramos de que la veía a escondidas.

Mi abuelo no era famoso por hacer regalos, precisamente. En 40 años de matrimonio, sólo le regaló a mi abuela una vez un ramo de flores. El día que a mí me regaló un peluche de una gata blanca, el único que tengo, mi abuela no cabía en sí de asombro.
Yo no conocí a la gata callejera original. Murió mucho antes de que yo naciera. Pero conocí a una imaginaria que mi abuelo me presentó. Jugábamos con ella cada tarde. A veces era una revoltosa y otras (cuando mi abuelo estaba cansado) se limitaba a dormir al lado de su sillón mientras yo la acariciaba.
Tengo la imagen de aquel animal grabada en mi memoria, como si fuera real. Y el peluche aun en mi estantería. Sonrío cada vez que me acuerdo.
Aunque odie a los gatos blancos y siempre haya querido un perro negro (^^U).

Él era más de gestos, no de cosas materiales. De actuar y no de hablar. De ayudarte con cara adusta, en vez de agasajarte y dejarte en la estacada. Era de los que no te daban dos besos al entrar y salir de tu casa, pero se pasaba la noche en vela para asegurarse de que las pesadillas te dejaban dormir. De dejarte elegir tu camino, que cometas errores, que aprendas… Sin discursos preconcebidos sobre el bien y el mal.

Murió fingiendo que no sabía que tenía cáncer, para dejarlos a todos tranquilos. Pero la gata y yo sabíamos la verdad.

No estoy segura de que me alegre que me comparen con Mamá Victoria, pero sonrío cuando encuentran parecidos entre mi abuelo y yo.

MIS gafas

1, ago

Al fin. Después de tantos años deseándolas. Siempre me han gustado, pero veía demasiado bien.
Por “suerte”, ahora no veo tres en un burro de lejos, así que me han puesto gafas.
Soy feliz. Nunca entendí a los que se burlaban de los demás por llevar gafas o los que tenían (¡podían!) llevarlas y preferían no hacerlo.

Son preciosas.

Pero tienen una pega. No había contado yo con la visión periférica. O la carencia de ella.
Las patillas hacen que no vea prácticamente nada por los lados. Que parece que no es importante… pero ayer me di contra un contenedor, una farola y casi contra una lámpara.
Diantres, es que me giraba y de pronto estaban ahí. Sin previo aviso. ¬¬

Pero qué bonitas son mis gafas moradas.
:D

Tengo dos amigas (familia, más que “amigas”) que conozco desde hace doce años. Por cosas de la vida vivimos lejos unas de otras. Encontrarnos las tres a la vez es difícil. Quedamos una vez al año para tomar café. Pero oye, no sé que pasa (cara de inocencia) que salimos para tomar un café y conversar y no vuelvo a mi casa en dos días.

(Creo que tengo agujetas en el estómago de reírme ¿eso es posible?)

Animamos el café con una larga conversación sobre temas personales, la ley del menor, bodas, cárceles, la idiosincrasia del abanico, prestiputas y drojas en el colacao. Lo animamos tanto que se hizo la hora de cenar y fuimos a investigar sitios nuevos donde nos echamos cous-cous y unos vinitos al cuerpo.
Y de pronto estábamos en un sitio (al que nunca nos habíamos atrevido a entrar desde que vimos salir a un chico vestido de blanco con un jersey rosa sobre los hombros) fingiendo que éramos inglesas de erasmus, bailando salsa (resulta que en ese local dan clases de baile cada noche) o merengue o bachata o yo-qué-sé sin ritmo y siendo invitadas a chupitos cada poco.

Shupitoouu!

Por cierto, fingir que eres arrítmica no es nada fácil. De hecho, yo no lo conseguí y me mosqueé. Tiene que haber inglesas que sepan bailar. No vienen a España. Pero ¡coño! haberlas, haylas. Así que yo era una inglesa con ritmo.

En fin, cuando nos marchamos de allí, nos siguieron unos cuantos a otro local. Bueno, la verdad es que nos perdimos un poco antes de llegar al otro sitio, pero llegamos. Y para variar, había un grupo latino tocando salsa. -_-
Se ve que en ésta ciudad, ese día de la semana, sólo se baila salsa-bachata-merengue-azúcar. No, azúcar no (dios, cómo odio ese anuncio ¬¬).
Va, me centro.

Ya no salimos de ahí en toda la noche. Nos invitaron a copas y shupitous, mis amigas se subieron al escenario a ver si les dejaban cantar Camela mientras yo decía a todos que las disculparan porque estaban enfermas, alguien nos regaló rosas, quisimos ayudar a una mujer a ligarse a su amigo pero quizá yo fui un poco brusca y no ayudé…

Never: Hola, ¿te lo quieres jalar? :D
Mujer que quería jalarse al amigo y no sabía cómo: Ehm… yo… ehm… ¿qué? :$

Un poquito brusca sólo. Pero ¡eh! nos invitaron a chupitos al final.

En algún momento vi que un hombre, que a lo mejor tenía cien años y llevaba mucho rato mirando a mi amiga Amapola (nunca pongo nombres reales, que conste XD), se le había acercado y no dejaba de hablarle. Pensé en ir a rescatarla con el viejo truco de “eh! que esa es mi novia” (no estaba yo para maquinaciones más complicadas). Pero va la guarra de mi amiga y en vez de aceptar la ayuda, le dice al señor que estoy de cachondeo y aunque no lo parezca soy una buena persona. Un poco borde, pero buena persona.
Y no se cómo, me lo encasquetó a mí y se largó (bitch!).

Viejuno:
Eres un poquito intolerante
Never: ¿Eing? No sé a qué viene pero soy muy tolerante (U_U). Fíjate que Amapola dice que es Franquista y le aguanto sus tonterías. No se puede ser más tolerante que yo.
Viejuno: Yo estuve puteando al pp cuando [ininteligible]… y me piden ayuda y les jodo.
Never: Pues qué cabrón eres
Viejuno: No, hombre, no… no seas mala

Y me pellizca la cara, con lo que odio eso. Le devolví el pellizco y le dije que no volviera a hacerlo pero como es un señor muy gracioso lo intentó de nuevo varias veces. Creo que hay fotos mías sijetándole las muñecas al tío para que no me tocara.

Never:
Mmm… sabes… yo creo que a Amapola le has molado.
Viejuno: Bah… ¿tú crees? Si se ha marchado.
Never: Pero porque ella es así, le gusta que sea el hombre el que de el primer paso, la busque… ya sabes…
Viejuno: Nah… ¿sí?
Never: Te lo digo yo ¡coño! La conozco mejor que nadie. Y no me digas que no es atractiva… y los ojazos que tiene…Lánzate, tigre.
Viejuno: No, si es muy atractiva… y tú también… además de interesante. Eres una mujer de bandera.
Never: Ole… no, pero en serio… yo no estoy libre, pero Amapola sí y creo que está esperando que te acerques.
Viejuno: Ntch… pero no crees que me verá muy mayor?
Never: Noooo…. Nooo… Si ella… err... acaba de dejarlo con un novio… ¡Mira! Deberías aprovechar que ahora es vulnerable. Bueno, eso… el novio ese le sacaba 15 años. No hay problema con eso, le van los maduritos.

A mi amiga antes le decíamos que era pederasta porque todos sus novios tenían un par de años menos (incluso cuatro). Ahora ha conseguido fijarse en uno de nuestra edad.

Viejuno: ¿y a ti? ¿Te van los maduritos?
Never: No.
Entre tanta pareja bailando, alguien cocha con nosotros y el señor me roza el culo sin querer.
Never: Me has tocado el culo ¬¬
Viejuno: Lo siento… bueno, tócamelo tú y estamos en paz.
Never: Se trata de compensarme a mí, no de recompensarte a ti… e intenta no decir que te toque nada si quieres que nos llevemos bien.
Viejuno: qué arte tienes
Never: ehm, sí… ¡Amapola! Que te quiere decir algo este buen hombre.

Los dejé a solas y Amapola consiguió que la invitara a copas y se marchara con una sonrisa. Eso tiene un nombre. Pero lo importante es que no conseguí fastidiarla, así que me fui a por otro “señor” y le dije que mi amiga era tímida pero que le había gustado, que fuera a hablar con ella.

De nuevo consiguió que la invitaran y ella tan feliz. ¬¬

En fin, como aparecieron los mismos del primer local dónde éramos inglesas, a ratos hablaba inglés y a ratos andalú’. Según quién tuviera al lado.

Partes de conversaciones:

En el baño.
Chica: Yo… yo (gesticulando exageradamente) pis… ¡pis! ¡mucho!
Never: Sorry, I don’t understand.
Chica: Ay. Yo... ¡mear! ¡Water! ¡WA-TER! Si tú no tienes… prisa… ¿yo paso? ¡paso!
Never: Oh… tú meas mucho (acentazo guiri), tú vas por la patilla…
Chica: sí! Jaja, mírala como eso sí lo sabe. Te estarán enseñando bien tus compañeros.
Never: Yes… sí, ellos enseñan bueno. Ellos enseñan fol… foliar… ¿follar?
Chica: O_O
Never: :)
Chica:
Never: Oh, go on. Tú puedes pasar (señalando baño libre). Tú patilla abajo.
Chica: …gra-gracias

Junto a la máquina de tabaco. Con uno de los que nos creían guiris en la barra. Se acerca mi amiga Flor a comprar tabaco.
Chico en la barra: Está rota, no vas a poder comprar (bromeando. La máquina funcionaba pero quería una excusa para ligar con Flor).
Camarero simpático e ingenuo que nos invitó a shupitous: No te entiende, es inglesa.
Chico: ah… ¡broken! Está ¡bro-ken!
Flor: Oh, no preocupar, yo entender
Chico: tú… me pagas a mí y yo te doy tabaco. Yo... give you tabacou!
Camarero simpático: Tío, que es inglesa, no gilipollas...
Del resto no me enteré, pero creo que Flor consiguió tabacou gratis.

En algún momento de la noche, que yo ya tenía una rosa en la mano (de verdad que no sé de dónde salió) y bailaba con un chico muy simpático, el dj decidió hacerles caso a las pesadas de mis amigas y puso Camela.

Lo hacen por joder, en serio. Aunque entre tanto ritmo latino casi agradecí un cambio. Casi.
No se sabían la letra, claro. Pero vivían la canción como el que más. Y mientras ellas brincaban a mí me apareció de la nada un mago muy bajito. Le pregunté desconcertada que de dónde había salido y me contestó no sé qué del polvo de hadas. Me hizo un truco de cartas rápido y se fue con un montón de pañuelos de colores colgando del bolsillo.
o.0

Me quedé a dormir en casa de Flor. Aun sin voz, estuvimos hablando durante horas. De la vida, los cambios, las relaciones, de por qué cojones todos piensan que si le hablan a una extranjera (que no habla español) gritando, le entenderán…

Mientras, Amapola, ya en su casa, nos escribía sms’s diciendo que éramos unas cerdas por emborracharla (así, resumiendo). Se ve que le obligamos a aceptar las copas de los viejunos. ¬¬

Esperemos que esta vez no pase un año entero hasta que repitamos.


PD: ¿Qué? Yo también me voy de juerga a veces. ¬¬

Capítulo 212: Aprende a leer, Never.

 

Mi abuela me miraba con esa mezcla de vergüenza, pena y resignación.

- ¿Te importaría traerme la cuña?

Sé lo que es avergonzarse por no poder ir al baño sola. He ido al baño en el hospital a escondidas de las enfermeras y el médico que me tenían prohibido caminar por no usar la cuña, entre mareos y dolores. Y hasta ahora he logrado eludirla. Pero se diría que ya podría haberse acostumbrado la buena señora a que yo se la pusiera.

Además, con la compañera de habitación tan guarra que tiene, que decide usar la cuña hasta para hacer el nº 2 pudiendo levantarse… no digo que le haga ilusión, pero está más que justificado su uso y yo lo trato con la mayor naturalidad para que deje de esquivarme la mirada.

En fins, fui al baño compartido, cogí la cuña y volví al lado de mi abuela que de pronto me miraba con los ojos muy abiertos.

- (bajando la voz) esa no es la mía

Fruncí el ceño y miré la cuña. Efectivamente, había cogido la de la vieja guarra de al lado.

Como cabe esperar en alguien como yo, me tomé con mucha entereza la confusión. A fin de cuentas el chisme estaba limpio, así que me comporté con calma. No emití ningún sonido de asco. No fui corriendo al baño gritando “¡¡iihhh!!”. No tiré de malas maneras la cuña de la señora al lavabo ni me lavé las manos como una posesa mientras repetía una letanía del tipo “joder, joder, joder…”.

 

Y si alguien dice lo contrario, miente.

U_U