Categoría: Odio catalogar...
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Tengo entendido que un post así es un clásico, yo es la primera vez que lo hago (creo). Pero es que tengo guardadas unas cuantas que me llamaron bastante la antención.
La gente encuentra mi blog buscando en Google cosas como:
- Aladdin y Jasmine follando
Sin comentarios.
- Como decirle al chico que me gusta que deje el wow
LOL
- Como ligar con una chica en el wow
Asume ya que, probablemente, NO es una chica…
- Sexo en el wow
Compraos una muñeca hinchable y le ponéis la cara de Sylvanas -.-U
- Prostitutas.
Ehmm…
- Cómo empezar a prostituirse
O_O
- Quiero prostituirme.
Pero…
- Me prostituyo
Vaaaale, escribí un post que se titulaba así. ¡Pero no iba en serio!
- Follar en la bañera
¿Alguien me encuentra buscando algo que no esté relacionado con el sexo? ¿Y qué información concreta necesitaba este o esta? ¿Hay formas predefinidas en Internet para hacerlo según la forma de la bañera o la temperatura del agua?
- Como declararte a tu chica por Internet
Uhm, mira, un romántico… Pero si ya es tu chica ¿qué tienes que declarar?
- Racistas de mierda
Escribí un post en el que dejaba a mi familia en muy buen lugar… para variar.
¿Paso la mopa o barro?
¿Cómo se cose un botón? ¿Uso la batidora para hacer un batido? ¿Cuál es la mejor forma de preparar un centro de flores? ¿Cómo funciona un microondas?
Esas grandes dudas de las mujeres ya nos son resueltas en un curso práctico. Un curso que las madres deben enseñar a sus hijas. No vaya a ser que vayamos por la vida sin saber cocinar, limpiar o buscar una palabra en el diccionario.
Atención al temario que encontré en éste blog, ya que la página web oficial está en revisión.
Lo peor es que, por lo visto, recibían dinero de la Junta de Andalucía.
Manda webs.
(Este post llega un poco tarde, pero es que se me había olvidado. Yo me enteré de casualidad de la existencia de la web.)
Asco
Iba de la mano con mi hermana. La jodía ha dado otro estirón y es igual de alta que yo.
Habíamos tomado ya el camino de vuelta a casa, después de un helado y unas chuches en el parque. Y subiendo la cuestecita unos críos (17-18 años) en bici se nos ponen detrás parloteando y riéndose.
Mi hermana me estaba contando alguna anécdota del campamento dónde ha estado y mientras me esforzaba en escucharla, oía a los niñatos alguna palabra suelta.
Marimacho.
Me gusta.
Fiesta.
La de azul.
Mosqueada, empiezo a darme cuenta de que hablan de nosotras. Así que les escucho para enterarme mientras mi hermana sigue hablando sin cesar, algo nerviosa. Pensaban que éramos lesbianas por ir de la mano y que nos lo montábamos “cómo guarras”.
Pues yo me follaba a la otra.
Pero si son lesbianas, no te las podrás tirar.
A mí me gustan los chochitos lacios.
Anda, vámonos
No, las seguimos… detrás de ellas…
Cuando me he dado cuenta de que estaban hablando de tirarse a mi hermana, por un segundo, me he sentido… conmocionada.
A la del pelo largo le daba yo por detrás…
Mi hermana es la del pelo largo. Rápidamente hemos pasado de la conmoción a la rabia. Pura y dura, cómo hace años que no sentía. Mi sangre ha empezado a hervir, la garganta me quemaba y se ha adueñado de mí la misma sensación de descontrol que no sentía desde aquella vez que rompí una puerta para llegar hasta la persona que se escondía detrás (una larga historia de la que me avergüenzo).
Me he girado y les he dicho que estaban hablando de follarse a una niña de doce años.
Uno de ellos, obviamente avergonzado, ha salido huyendo. Los otros dos se han quedado mirándome, mientras yo vomitaba frases que no logro recordar.
Las palabras que salían de mi boca me parecían casi tangibles. Creo que se suele utilizar el vocablo “puñales”. Una sensación rara cuando haces daño deliberadamente.
A uno le he hecho llorar y el último se me ha encarado. Parecía no estar muy seguro de qué decirme, pero tenía ganas de cerrarme la boca, eso seguro.
Hasta que ha visto que el llorón se piraba también y se quedaba solo. Entonces se ha callado y ha ido tras sus amigos.
A punto he estado de hacer una gran tontería. Pero he recordado a tiempo que mi hermana estaba allí. La que, por cierto, me miraba como cuando le preparo tortitas con chocolate. Una mezcla entre expectación, admiración y agradecimiento.
No sé si es bueno o malo. En fin, no es mal ejemplo (creo) el pararle los pies a esos chicos. Cansada estoy de pasar de largo ante insinuaciones soeces e insultos. Cosa con la que tendrá que vivir toda su vida por ser mujer. Normalmente no merece la pena prestar atención, pero algunos días ya te tocan la moral.
Me gustaría decir que no es tan fácil encontrarte con gilipollas así. Lamentablemente, mentiría. Que yo no soy nada del otro mundo y me encuentro con cosas así demasiado a menudo.
El problema es, que no recuerdo qué demonios he dicho, ni cómo lo he dicho. Lo mismo les he amenazado con amargarles el resto de su vida (no creo) que me he dedicado a describirles lo patéticos que son o me he limitado a llamarles de todo.
Optaría por lo segundo viendo los llantos del chico. Además, si quiero hacer daño no le llamo “gilipollas/hijo de puta/cabrón” a alguien. Esos epítetos no tienen ningún significado a estas alturas.
Luego les hemos seguido. Viendo que se dirigían a nuestra calle.
- Qué vas a hacerles?
- Nada
- Ya, y por qué les seguimos entonces
- …
- Venga, Nev, qué vas a hacerles?
No sé por qué quería saber dónde viven (al menos uno de ellos, los otros serían amigos). Una vez que hemos visto que era una casa cercana, he entrado en casa y le he preguntado a mi madre si conocemos al vecino.
Mientras le contaba lo que había pasado, me pedía que me tranquilizara, que parecía que iba a destrozar algo. Hasta que le he recordado que a mí nunca me sale la rabia por ningún lado que no pasa anda porque me salga ahora mientras despotrico sobre unos niñatos.
No sólo me ha dado la razón, me ha animado a seguir.
Mientras decidía cómo decirle al vecino la mierda de hijo que tiene, me he acordado de que los chicos parecían bastante sorprendidos por la edad de mi hermana. No sabían que se lo estaban diciendo a una menor. Me ha aplacado un tanto.
Luego he pensado que de ir sola mi hermana, habría tenido que soportar a esos niñatos diciéndole burradas y siguiéndola.
Han pasado casi cuatro horas y aun no me he calmado. Y eso que me estado entreteniendo en otras cosas (o intentándolo).
La parte positiva de esto es que mi madre, que me había retirado la palabra por “dejarme maltratar” hace poco, ahora me mira con respeto.
Dudoso honor.
Sin embargo, creo que, mi vieja idea de no darle a mi hermana un ejemplo violento (por variar un poco) se ha ido al retrete.
Mamá Victoria, el abuelo y la gata blanca.
Dice mi abuela que soy la viva imagen de Mamá Victoria, mi bisabuela, la que no conocí. Que, cada vez que tomo una decisión, le recuerdo a ella casi tanto como a su marido, mi abuelo (no del que he hablado aquí en otras ocasiones).
Mi abuela odiaba a Mamá Victoria, así que no estoy muy segura de cómo tomármelo. Por ahora me río.
Mamá Vicky tenía nueve hijos, todos varones. Los mayores trabajaban en la mina junto con el padre. Marchaban muy temprano a trabajar y volvían tarde, completamente negros por el carbón, hambrientos y siempre con alguna prenda suplicando un remiendo.
Mi bisa, después de pasar el día cuidando de los pequeños y no tan pequeños, les tenía siempre preparada la cena a los mineros. Cuando acababan, caían muertos en sus catres y ella, que llevaba desde el alba trabajando en la casa, terminaba de limpiar, preparaba las talegas para el día siguiente y zurcía calcetines usando pedazos de otros aun más viejos.
Cuando terminaba el trabajo, llegaba el momento de su premio. Cogía una silla y la subía encima de la mesa de la cocina que estaba justo debajo del único candil que se usaba en la casa. Y allí sentada, pegada a la leve luz, devoraba los libros que la gente del barrio le regalaba.
Así cada noche, hasta las dos o las tres de la madrugada. Mi abuela lo cuenta como si fuera una muestra de gran fortaleza (eso nunca se lo negará) pero, sin quitarle mérito a Mamá Victoria, me parece que ese era el mejor momento del día para ella, así que no debía costarle mucho.
Los vecinos le regalaban novelas y cualquier escrito que llegara a sus manos en agradecimiento a sus consejos. Se enteraba de todo lo que ocurría porque siempre estaban dispuestos a contárselo. Era la matriarca del barrio.
Un día estaba Mamá Victoria sentada en la puerta de la casa, leyendo uno de sus libros en voz alta para un grupo de vecinos (por lo visto era el entretenimiento semanal puesto que pocos sabían leer). Su delantal estaba sucio después de preparar las comidas. Pasó una vecina que solía mirarla por encima del hombro. La mujer venía de una buena familia, pero al enviudar se quedó tan pobre como el resto y con una hija que decían que era “de vida alegre” (por no decir “puta”. Uy, lo dije). Claro que, a saber lo que entendían en aquella época por “vida alegre”.
- Mamá Vicky, está usted sucia ¿no ha visto la mancha en el delantal?- dijo delante de todos y con cierta sorna, demasiada para el gusto de Victoria.
- Mejor tener una mancha en el delantal que no en la familia - respondió rápidamente antes de volver la cabeza al libro y continuar la lectura.
Mi abuelo, el noveno de sus hijos, me contaba la historia de cuando él nació. Mamá Vicky se alegró cuando la comadrona le dijo que había nacido muerto y lamentó cuando oyó al bebé llorar de pronto. Una boca más que alimentar.
Por lo visto mi bisa no se privaba de decirle al más pequeño de sus hijos lo poco que le alegraba haberlo tenido.
Cuando mi abuelo estaba aprendiendo a andar, una gata blanca se coló en casa de los [apellido de Never] y sin mediar maullido, ignorando al resto, se restregó contra las piernecitas de mi abuelo. La gata sin nombre ya no quiso despegarse de él hasta que murió.
A Mamá Victoria, eso de alimentar a una gata callejera no le hacía ninguna gracia e intentaba convencer a su hijo para deshacerse de ella.
Pero mi abuelo se negaba a dejarla desamparada. Decía que ella no había pedido venir al mundo y que no se le podía culpar por ello. Imagino que ese izquierdazo de mi abuelo hacía que Victoria no se tomara tan en serio lo de perder a la gata.
Mi abuelo jamás decía palabrotas ni maldecía. Lo más que le oí alguna vez fue decirle “imbécil” a uno. Lo recuerdo perfectamente porque era la primera vez que le oía algo así y porque, el imbécil en cuestión, era mi tío y no sabía que mi abuelo y yo estábamos de acuerdo en eso.
Pese a todo, su sentido del humor rozaba el mal gusto, según alguna que yo me sé. En realidad es que el muchacho no era políticamente correcto cuando se trataba de reírse de la vida, la muerte o el que tuviera delante si le había tocado las narices. Aunque no abusaba de insultos o ataques. Le parecía indigno.
Era muy soberbio. En cuanto oía una palabra que no conocía el significado, la miraba en el diccionario. Odiaba que alguien pudiera ser más culto o inteligente. Antes que preguntar qué significaba tan cosa o cómo se hacía, cortaba la conversación de raíz y esperaba para enterarse por su cuenta y poder dar las lecciones él más tarde.
Cada marzo le regalaba la manualidad del día del padre que habíamos hecho en el colegio. Jamás me dijo que estuvieran bien o mal. Con su habitual mirada severa, colocaba el dibujo con macarrones colgado en el salón, para que todos lo vieran.
Se burlaba de mi abuela por ver telenovelas cursis y alegaba que para ver eso, mejor se iba a la habitación a echarse una siesta. Le pillé más de una vez viendo la misma telenovela cursi en la tele de su habitación, con el volumen muy bajito para que no nos enteráramos de que la veía a escondidas.
Mi abuelo no era famoso por hacer regalos, precisamente. En 40 años de matrimonio, sólo le regaló a mi abuela una vez un ramo de flores. El día que a mí me regaló un peluche de una gata blanca, el único que tengo, mi abuela no cabía en sí de asombro.
Yo no conocí a la gata callejera original. Murió mucho antes de que yo naciera. Pero conocí a una imaginaria que mi abuelo me presentó. Jugábamos con ella cada tarde. A veces era una revoltosa y otras (cuando mi abuelo estaba cansado) se limitaba a dormir al lado de su sillón mientras yo la acariciaba.
Tengo la imagen de aquel animal grabada en mi memoria, como si fuera real. Y el peluche aun en mi estantería. Sonrío cada vez que me acuerdo.
Aunque odie a los gatos blancos y siempre haya querido un perro negro (^^U).
Él era más de gestos, no de cosas materiales. De actuar y no de hablar. De ayudarte con cara adusta, en vez de agasajarte y dejarte en la estacada. Era de los que no te daban dos besos al entrar y salir de tu casa, pero se pasaba la noche en vela para asegurarse de que las pesadillas te dejaban dormir. De dejarte elegir tu camino, que cometas errores, que aprendas… Sin discursos preconcebidos sobre el bien y el mal.
Murió fingiendo que no sabía que tenía cáncer, para dejarlos a todos tranquilos. Pero la gata y yo sabíamos la verdad.
No estoy segura de que me alegre que me comparen con Mamá Victoria, pero sonrío cuando encuentran parecidos entre mi abuelo y yo.
MIS gafas
Al fin. Después de tantos años deseándolas. Siempre me han gustado, pero veía demasiado bien.
Por “suerte”, ahora no veo tres en un burro de lejos, así que me han puesto gafas.
Soy feliz. Nunca entendí a los que se burlaban de los demás por llevar gafas o los que tenían (¡podían!) llevarlas y preferían no hacerlo.
Son preciosas.
Pero tienen una pega. No había contado yo con la visión periférica. O la carencia de ella.
Las patillas hacen que no vea prácticamente nada por los lados. Que parece que no es importante… pero ayer me di contra un contenedor, una farola y casi contra una lámpara.
Diantres, es que me giraba y de pronto estaban ahí. Sin previo aviso. ¬¬
Pero qué bonitas son mis gafas moradas.
:D
Tengo dos amigas (familia, más que “amigas”) que conozco desde hace doce años. Por cosas de la vida vivimos lejos unas de otras. Encontrarnos las tres a la vez es difícil. Quedamos una vez al año para tomar café. Pero oye, no sé que pasa (cara de inocencia) que salimos para tomar un café y conversar y no vuelvo a mi casa en dos días.
(Creo que tengo agujetas en el estómago de reírme ¿eso es posible?)
Animamos el café con una larga conversación sobre temas personales, la ley del menor, bodas, cárceles, la idiosincrasia del abanico, prestiputas y drojas en el colacao. Lo animamos tanto que se hizo la hora de cenar y fuimos a investigar sitios nuevos donde nos echamos cous-cous y unos vinitos al cuerpo.
Y de pronto estábamos en un sitio (al que nunca nos habíamos atrevido a entrar desde que vimos salir a un chico vestido de blanco con un jersey rosa sobre los hombros) fingiendo que éramos inglesas de erasmus, bailando salsa (resulta que en ese local dan clases de baile cada noche) o merengue o bachata o yo-qué-sé sin ritmo y siendo invitadas a chupitos cada poco.
Shupitoouu!
Por cierto, fingir que eres arrítmica no es nada fácil. De hecho, yo no lo conseguí y me mosqueé. Tiene que haber inglesas que sepan bailar. No vienen a España. Pero ¡coño! haberlas, haylas. Así que yo era una inglesa con ritmo.
En fin, cuando nos marchamos de allí, nos siguieron unos cuantos a otro local. Bueno, la verdad es que nos perdimos un poco antes de llegar al otro sitio, pero llegamos. Y para variar, había un grupo latino tocando salsa. -_-
Se ve que en ésta ciudad, ese día de la semana, sólo se baila salsa-bachata-merengue-azúcar. No, azúcar no (dios, cómo odio ese anuncio ¬¬).
Va, me centro.
Ya no salimos de ahí en toda la noche. Nos invitaron a copas y shupitous, mis amigas se subieron al escenario a ver si les dejaban cantar Camela mientras yo decía a todos que las disculparan porque estaban enfermas, alguien nos regaló rosas, quisimos ayudar a una mujer a ligarse a su amigo pero quizá yo fui un poco brusca y no ayudé…
Never: Hola, ¿te lo quieres jalar? :D
Mujer que quería jalarse al amigo y no sabía cómo: Ehm… yo… ehm… ¿qué? :$
Un poquito brusca sólo. Pero ¡eh! nos invitaron a chupitos al final.
En algún momento vi que un hombre, que a lo mejor tenía cien años y llevaba mucho rato mirando a mi amiga Amapola (nunca pongo nombres reales, que conste XD), se le había acercado y no dejaba de hablarle. Pensé en ir a rescatarla con el viejo truco de “eh! que esa es mi novia” (no estaba yo para maquinaciones más complicadas). Pero va la guarra de mi amiga y en vez de aceptar la ayuda, le dice al señor que estoy de cachondeo y aunque no lo parezca soy una buena persona. Un poco borde, pero buena persona.
Y no se cómo, me lo encasquetó a mí y se largó (bitch!).
Viejuno: Eres un poquito intolerante
Never: ¿Eing? No sé a qué viene pero soy muy tolerante (U_U). Fíjate que Amapola dice que es Franquista y le aguanto sus tonterías. No se puede ser más tolerante que yo.
Viejuno: Yo estuve puteando al pp cuando [ininteligible]… y me piden ayuda y les jodo.
Never: Pues qué cabrón eres
Viejuno: No, hombre, no… no seas mala
Y me pellizca la cara, con lo que odio eso. Le devolví el pellizco y le dije que no volviera a hacerlo pero como es un señor muy gracioso lo intentó de nuevo varias veces. Creo que hay fotos mías sijetándole las muñecas al tío para que no me tocara.
Never: Mmm… sabes… yo creo que a Amapola le has molado.
Viejuno: Bah… ¿tú crees? Si se ha marchado.
Never: Pero porque ella es así, le gusta que sea el hombre el que de el primer paso, la busque… ya sabes…
Viejuno: Nah… ¿sí?
Never: Te lo digo yo ¡coño! La conozco mejor que nadie. Y no me digas que no es atractiva… y los ojazos que tiene…Lánzate, tigre.
Viejuno: No, si es muy atractiva… y tú también… además de interesante. Eres una mujer de bandera.
Never: Ole… no, pero en serio… yo no estoy libre, pero Amapola sí y creo que está esperando que te acerques.
Viejuno: Ntch… pero no crees que me verá muy mayor?
Never: Noooo…. Nooo… Si ella… err... acaba de dejarlo con un novio… ¡Mira! Deberías aprovechar que ahora es vulnerable. Bueno, eso… el novio ese le sacaba 15 años. No hay problema con eso, le van los maduritos.
A mi amiga antes le decíamos que era pederasta porque todos sus novios tenían un par de años menos (incluso cuatro). Ahora ha conseguido fijarse en uno de nuestra edad.
Viejuno: ¿y a ti? ¿Te van los maduritos?
Never: No.
Entre tanta pareja bailando, alguien cocha con nosotros y el señor me roza el culo sin querer.
Never: Me has tocado el culo ¬¬
Viejuno: Lo siento… bueno, tócamelo tú y estamos en paz.
Never: Se trata de compensarme a mí, no de recompensarte a ti… e intenta no decir que te toque nada si quieres que nos llevemos bien.
Viejuno: qué arte tienes
Never: ehm, sí… ¡Amapola! Que te quiere decir algo este buen hombre.
Los dejé a solas y Amapola consiguió que la invitara a copas y se marchara con una sonrisa. Eso tiene un nombre. Pero lo importante es que no conseguí fastidiarla, así que me fui a por otro “señor” y le dije que mi amiga era tímida pero que le había gustado, que fuera a hablar con ella.
De nuevo consiguió que la invitaran y ella tan feliz. ¬¬
En fin, como aparecieron los mismos del primer local dónde éramos inglesas, a ratos hablaba inglés y a ratos andalú’. Según quién tuviera al lado.
Partes de conversaciones:
En el baño.
Chica: Yo… yo (gesticulando exageradamente) pis… ¡pis! ¡mucho!
Never: Sorry, I don’t understand.
Chica: Ay. Yo... ¡mear! ¡Water! ¡WA-TER! Si tú no tienes… prisa… ¿yo paso? ¡paso!
Never: Oh… tú meas mucho (acentazo guiri), tú vas por la patilla…
Chica: sí! Jaja, mírala como eso sí lo sabe. Te estarán enseñando bien tus compañeros.
Never: Yes… sí, ellos enseñan bueno. Ellos enseñan fol… foliar… ¿follar?
Chica: O_O
Never: :)
Chica: …
Never: Oh, go on. Tú puedes pasar (señalando baño libre). Tú patilla abajo.
Chica: …gra-gracias
Junto a la máquina de tabaco. Con uno de los que nos creían guiris en la barra. Se acerca mi amiga Flor a comprar tabaco.
Chico en la barra: Está rota, no vas a poder comprar (bromeando. La máquina funcionaba pero quería una excusa para ligar con Flor).
Camarero simpático e ingenuo que nos invitó a shupitous: No te entiende, es inglesa.
Chico: ah… ¡broken! Está ¡bro-ken!
Flor: Oh, no preocupar, yo entender
Chico: tú… me pagas a mí y yo te doy tabaco. Yo... give you tabacou!
Camarero simpático: Tío, que es inglesa, no gilipollas...
Del resto no me enteré, pero creo que Flor consiguió tabacou gratis.
En algún momento de la noche, que yo ya tenía una rosa en la mano (de verdad que no sé de dónde salió) y bailaba con un chico muy simpático, el dj decidió hacerles caso a las pesadas de mis amigas y puso Camela.
…
Lo hacen por joder, en serio. Aunque entre tanto ritmo latino casi agradecí un cambio. Casi.
No se sabían la letra, claro. Pero vivían la canción como el que más. Y mientras ellas brincaban a mí me apareció de la nada un mago muy bajito. Le pregunté desconcertada que de dónde había salido y me contestó no sé qué del polvo de hadas. Me hizo un truco de cartas rápido y se fue con un montón de pañuelos de colores colgando del bolsillo.
o.0
Me quedé a dormir en casa de Flor. Aun sin voz, estuvimos hablando durante horas. De la vida, los cambios, las relaciones, de por qué cojones todos piensan que si le hablan a una extranjera (que no habla español) gritando, le entenderán…
Mientras, Amapola, ya en su casa, nos escribía sms’s diciendo que éramos unas cerdas por emborracharla (así, resumiendo). Se ve que le obligamos a aceptar las copas de los viejunos. ¬¬
Esperemos que esta vez no pase un año entero hasta que repitamos.
PD: ¿Qué? Yo también me voy de juerga a veces. ¬¬
El tito Ernesto
Cuando era pequeña y vivía con mis abuelos, de vez en cuando, íbamos de visita a casa de mi tío abuelo. Recuerdo algunas zonas de su casa. La decoración típica de la época. Marcos dorados, figurillas de porcelana, estampados de flores… y fotos, muchas fotos. Mi tío abuelo fue fotógrafo y a su mujer siempre le gustó mostrar su obra. Hacía bien, el chico tenía talento.
Había una foto en concreto que me llamaba siempre la atención. Supongo que porque era una de las más antiguas y porque uno de los protagonistas vestía con uniforme militar. Cuando el tío abuelo se percataba de que estaba mirando la foto me decía (por enésima vez) quienes salían en la foto.
- Éste soy yo ¿a que salgo guapo? Y éste es el tito Ernesto.
Y se sonreía mientras me contaba una historia diferente sobre por qué se hizo esa foto con su amigo (lo de “tito” era solo por cariño) y en qué circunstancias. Desde que acababan de matar a un león (y me decía que la cicatriz enorme de su cara era a causa de sus zarpas) a que participaron en una gran batalla de frutos secos, en la que las armas se recargaban con cacahuetes y que tuvo que interponerse entre el tito Ernesto y un garbanzo seco enorme, que le dio de lleno en la cara (de ahí su cicatriz).
Años más tarde, estaba yo leyendo “Por quién doblan las campanas”, cuando apareció mi tío abuelo por casa y se sonrió.
- ¿Leyendo al tito Ernesto?
No me lo creí hasta que no me fijé en la foto de la contraportada.
Capítulo 212: Aprende a leer, Never.
Mi abuela me miraba con esa mezcla de vergüenza, pena y resignación.
- ¿Te importaría traerme la cuña?
Sé lo que es avergonzarse por no poder ir al baño sola. He ido al baño en el hospital a escondidas de las enfermeras y el médico que me tenían prohibido caminar por no usar la cuña, entre mareos y dolores. Y hasta ahora he logrado eludirla. Pero se diría que ya podría haberse acostumbrado la buena señora a que yo se la pusiera.
Además, con la compañera de habitación tan guarra que tiene, que decide usar la cuña hasta para hacer el nº 2 pudiendo levantarse… no digo que le haga ilusión, pero está más que justificado su uso y yo lo trato con la mayor naturalidad para que deje de esquivarme la mirada.
En fins, fui al baño compartido, cogí la cuña y volví al lado de mi abuela que de pronto me miraba con los ojos muy abiertos.
- (bajando la voz) esa no es la mía
Fruncí el ceño y miré la cuña. Efectivamente, había cogido la de la vieja guarra de al lado.
Como cabe esperar en alguien como yo, me tomé con mucha entereza la confusión. A fin de cuentas el chisme estaba limpio, así que me comporté con calma. No emití ningún sonido de asco. No fui corriendo al baño gritando “¡¡iihhh!!”. No tiré de malas maneras la cuña de la señora al lavabo ni me lavé las manos como una posesa mientras repetía una letanía del tipo “joder, joder, joder…”.
Y si alguien dice lo contrario, miente.
U_U
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